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Los músicos de la reina




PorBlas Matamoro - Publicado el 14 October 2011

Los músicos de la reina

Con famas encontradas como la de ser un hermafrodita, amar la filosofía -protegió a Descartes de las persecuciones religiosas– y ser bien vista por la Iglesia, Cristina de Suecia, fea y suntuosa, culta y amiga del escándalo, recaló en la Roma de los Papas. Y como su colega Luis XIV, anticipó la era de los absolutistas ilustrados.

A imitación del Rey Sol, fundó una academia, adjetivada Clementina en homenaje al Pontífice Clemente  IX y llamada Academia Real desde 1674, pues Cristina, sin corona sueca que ponerse, tuvo su pequeña corte cerca del Vaticano. La institución no lo fue sólo de artes sino también de física, historia natural y matemáticas.

Me detengo en la música porque la sueca, en esto como en otras cosas, fue bastante excéntrica. No contrató a unos maestros de capilla que amenizaran sus fiestas y distrajeran su hastío durante las liturgias, sino que buscó a jóvenes talentos y les permitió hacer carrera. Cito un par de nombres para ejemplificar.

Alessandro Scarlatti contaba apenas con dieciocho años cuando lo nombró maestro de capilla, cargo que mantuvo cuatro añadas. La reina sabía de memoria algunas de sus arias y le sugirió el tema de su ópera mejor valorada, Il Pompeo. Arcangelo Corelli era veinteañero cuando dedicó algunas sonatas para violín y teclado a la reina, que detestaba el instrumento, abrumada por los virtuosismos charlatanescos de ciertos barrocos. Corelli baja el canto al registro medio, no más allá de la tercera posición. Cristina cambió de gusto, recibió más dedicatorias, hizo gestiones para emplear a  Corelli y lo contrató para dirigir una orquesta de 150 instrumentistas –atención, partidarios de los ori(gi)nales– en honor de Jacobo II de Inglaterra.

También se le debe, por rarísimo privilegio papal, la erección de un teatro en el convento de Tor di Nora. Allí reunió a una compañía de voces y demás ejecutantes. No faltan en su elenco Bernardo Pasquini y Alessandro Stradella. La Iglesia, instituto masculino que omite a las sacerdotisas, le concedió, asimismo, después de muerta, el favor más que curioso de ser la única mujer inhumada en San Pedro. ¿Cupo a la Santa Sede alguna duda sobre la calidad sexual de la reina?