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La espada del dios




PorBlas Matamoro - Publicado el 19 Mayo 2011

La espada del dios

La admirable versión de La valquiria que acaba de dirigir James Levine en Nueva York y que hemos disfrutado por pocos euros en miles de cines del mundo y en directo, me sirve de excusa para repensar un par de cosas acerca de la tetralogía wagneriana. Tal vez una sola ¿Por qué se llama El anillo del nibelungo y no La espada del dios?

En efecto, el anillo que forja Alberico y que, maldito, trae la mala suerte a quien lo luce porque el poder es malo en sí mismo, es una joyita que, mayormente, guarda en su pestilente cueva un dragón y que no le sirve para nada. El dragón carece de ambiciones políticas y, además, mal podría colocarse el anillito en una de sus gruesas patas.

Después lo luce Sigfrido, chico virginal y pardillo al que le cuesta darse cuenta de que Brunilda no es un varón, y tampoco le vale de mucho pues lo intoxican los guibichungos, descendientes de Alberico, que se lo cargan pero igualmente no pueden “desanillarlo” porque el cadáver más o menos viviente de Sigfrido se los impide.

En cambio, la espada que fabrica Wotan sí tiene una función vindicativa y mueve la trama, aunque tampoco logra demasiado en este mundo tan renuente a la acción humana y divina. La espada es símbolo de bravura, es eje que ordena, punta que señala un objetivo. Y obsérvese que prescindo de simbologías sexuales, tan facilongas siempre. Pero la dichosa Nothung no hace más que romperse y exigir un buen armero que la restaure. A Sigmundo no le vale porque Wotan lo deja matar, en abierto filicidio. Y a Sigfrido, sólo para ultimar al dragón y darse una ducha de sangre.

Sigmundo es un bastardo de dios y hembra mortal. Sigfrido, hijo incestuoso. ¿Ha confiado Wotan el reordenamiento del mundo a esta raza irregular, ya que no tiene hijos con la diosa que es su mujer legítima? Contesto: la espada es el símbolo de la incapacidad de los dioses para imponer la ley en el mundo y, en consecuencia, someterse a ella. Con lo que todo se va a la porra y lo mejor es quemar el tinglado.

El final, aunque parezca apocalíptico, es no obstante feliz como el de una opereta de Lehár. Después de que estos incompetentes o canallas varones se hayan roto la crisma unos a otros, las tres ondinas del Rhin vuelven a quedarse solas en un mundo sin incordiones que es como un polideportivo gigantesco donde hacen juegos acuáticos, acaso esperando la llegada, no de un nuevo Alberico, sino de Esther Williams. Con lo que, amado Wagner, nada de pesimismo schopenhaueriano, sino desenfadado optimismo feminista.